Un imperio, como en su día fue el romano, se hace primero conquistando y luego asimilando, mezclando razas, otorgando derechos, cultura, ciudades, infraestructuras, escuelas, universidades, cartas de ciudadanía... Eso fue lo que hizo el imperio español. ¿Hubo crímenes y atrocidades? Por supuesto, como en la forja de cualquier imperio, pero ¿quién en su sano juicio acusaría a los romanos de genocidio y renegaría de su legado? ¿Estaríamos dispuestos a rechazar toda la herencia que nos dejaron, empezando por la casi totalidad de las lenguas de la Península Ibérica?
Así que, estimados párvulos, antes de repetir el eslogan de turno, paraos a reflexionar quince o veinte segundos. Os aseguro que si dejáis de repudiar todo aquello que huela a España no os vais a convertir en fascistas como por arte de birlibirloque. El franquismo se apropió mezquinamente de los grandes símbolos españoles: el Cid, los Reyes Católicos, la conquista de América, etc. y nosotros no hemos podido o no hemos querido recuperarlos. Ya no como esa exaltación de lo patrio y de la enseña rojigualda sino como parte de nuestra historia, nuestra cultura y nuestro ser. Renegar de ello es de imbéciles.
Dicho esto, como se despedían los romanos de bien en sus cartas, queridos, niños, os digo vale.